jueves, julio 09, 2009
lunes, julio 06, 2009
Campeón y Ángel Cappa.
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Polos.
SE POLARIZA
Se polariza. Y así se hace difícil intentar que el análisis no se entienda como una declaración de principios. Pasa en todos los niveles, en todos los ámbitos del día a día argentino. Este, definitivamente, es un país donde sus ciudadanos (o por lo menos la mayoría) prefiere alinearse detrás de los antagonismos. Se sienten más cómodos si tienen a quién enfrentar. Entonces, cada uno para un lado de la mecha. Estás a favor o en contra. Blanco o negro. No existen los matices.
La finalísima entre Vélez y Huracán no tenía por qué ser la excepción, y en cambio, confirma la norma: estás con Cappa o en contra de Cappa, amante del buen fútbol o fanático del pelotazo y la patada. Estás en una vereda o en la otra. Así de simple, esa es la costumbre. Está en nuestro ADN.
Y los medios son los principales responsables de marcar dos tendencias ante cada tema. Entonces, el que se deshace en elogios para Pastore y compañía, acusa a aquellos que resaltan las virtudes de Vélez de no disfrutar del buen juego, de eso que llaman “el fútbol que le gusta a la gente”. Y ahí se abre otra discusión: ¿qué es jugar bien?
Para algunos, este sorprendente Huracán de Angelito reinventó la manera de jugar al fútbol. Eso dijeron y la idea se maximizó desde los diarios, las radios y los canales de noticias. ¿No será demasiado? No se trata de negar las virtudes que llevaron al Globo a pelear un título después de 15 años, pero sí de relativizar un poco el fundamentalismo en el que parece haber caído la opinión pública.
Ver en Vélez un equipo que merece salir campeón, no necesariamente es renegar de los caños de Pastore y las gambetas de De Federico. Porque el equipo de Gareca tendrá la solidez como principal argumento, pero pone en cancha a jugadores como Molarez, Zapata, López, Cristaldo, Martínez, y propone, siempre, mirar el arco rival.
La misma lógica del antagonismo porque sí se aplica si invertimos los nombres, desde luego. Sucede que Huracán ganó más adeptos entre la prensa y el mundo futbolero, y revivió una vieja discusión que el tiempo se encargó de demostrar vana y sin sentido, más cerca de los prejuicios que de lo que finalmente pasa sobre el pasto.
El mismo apuro vertiginoso que declaró a Fabbiani ciudadano ilustre del mundo River sin nunca haberse probado la camiseta, es el que se desespera por encontrar idilios en fórmulas que por ser efectivas no dejan de ser precoces y aisladas. Entonces, aparece este Huracán y más de uno pierde la cabeza. Cappa dejó de ser ese extraño demodé menotista para pasar a ser amo y señor, principal guardián de la ortodoxia de pelota al pie, dueño de LA fórmula. Ni una cosa ni la otra, ¿no?
Dejando de lado a los técnicos, Huracán vive un momento de gloria deportivo que carece de un proyecto serio, de fondo, prolongado en el tiempo. El club de Parque Patricios no es precisamente un modelo de institucionalidad deportiva y apuestas a largo plazo. Con un ídolo como Babington -que fue jugador, técnico y ahora presidente de Huracán-, el Globo va saliendo del pozo, saldando pedidos de inhibición, arreglando un estadio que estuvo un año parado porque se venía abajo, e intentando tener más jugadores propios que prestados.
Vélez es la contracara en ese sentido. Hoy es un club que debería ser ejemplo de gestión (concepto que se adueño alguien que dejó más huecos que copas allá por el fondo de
Claro. Brazenas pitará el domingo a las 15.20, la bola se moverá y durante 90 minutos olvidate de la vida institucional. Hay 22 tipos peleando para mandar la pelota al fondo de la red. Son las reglas del juego, y todos las asumimos. Pero el análisis resultará mucho más interesante si se tienen en cuenta todas estas cuestiones.
Tanto Vélez como Huracán se merecen gritar campeón el domingo. Hicieron los méritos suficientes, transitando caminos diferentes como decía antes, valorados desde distintas ópticas. Porque también es para resaltar que el Globo, con una apuesta como la de darle la conducción a Cappa, y no olvidemos que casi todos daban esa apuesta por perdida, con problemas económicos interminables, con mayoría de jugadores prestados, llegó a donde llegó. A una final que el saliente Ubeda, anterior a Cappa, jamás hubiera soñado.
Simplemente se trata de mostrar el sendero que cada uno recorrió y recorre, dejando a consideración del oyente cual es la mejor manera de llegar a jugar una final. Se trata de no llevar las opiniones al fundamentalismo de los opuestos, porque eso es faltar a la verdad. Se trata, también, de priorizar el análisis a la difusión, de permitir que los ídolos nazcan solos. Se trata de que todo sea un poco más genuino.
El domingo habrá campeón, y el jueves estaremos hablando de esta final en la que todo puede pasar. Porque, finalmente, esto es fútbol: la dinámica de lo impensado.
Facundo Chaucha Bianco
jueves, julio 02, 2009
lunes, junio 29, 2009
Cuento.
Era un sueño (Iñaki Gálvez Ciria - España)
Ya era de día y el sol se hacía notar en la habitación porque las ventanas no tenían persianas. Khaled abrió los ojos ayudado por la claridad que inundaba la habitación pero los volvió a cerrar porque el sol le cegó sus ojos deslumbrados por la luz que le daba en la cara. Estando despierto pero con los ojos cerrados comenzó a pensar y los pensamientos, recuerdos y momentos, buenos momentos que a él le hacían sentirse bien, llenaron su cabeza.
Casi siempre su pensamiento y sus buenos momentos eran los mismos: el fútbol, su equipo en la aldea. Sí, él jugaba y todos en el pueblo decían que muy bien, que algún día llegaría a jugar en Europa, aunque a él no le gustaba que estuvieran continuamente diciéndoselo, en su cabeza se había construido un futuro en el que el fútbol tenía sitio preferente y, además, con ello ayudaría a su familia y saldrían de este país sin presente ni futuro, porque la única ocupación y preocupación de la gente de la aldea era vivir, y para él, además, jugar al fútbol. En realidad, para él y los chicos las prioridades estaban cubiertas jugando al fútbol todo el día.
Khaled era el mejor de la aldea, todos querían que estuviera en su equipo, incluso se comentaba que iban a venir cazatalentos de equipos de Bélgica para verle jugar, pero él no sabía dónde estaba ese país ni acababan de llegar nunca esas personas. En su cabeza siempre goles, los goles que él marcaba; los repasaba siempre mentalmente una y otra vez en su cabeza y los celebraban como habían visto en la tele a los jugadores de Europa, en la única tele que había en veinte kilómetros a la redonda y cuyo único uso que tenía era mostrar fútbol. Era alrededor de aquel aparato donde chicos y hombres se reunían a ver partidos y los seguían como si de un evento religioso se tratase, en silencio, hasta que cualquiera de los dos equipos marcaba un gol que se celebraba sin más, ya que sus cabezas no estaban viciadas con sentimientos fanáticos de ningún equipo. Celebraban el fútbol, que para ellos ya era bastante.
A Khaled le gustaba pensar que algún día se reunirían a celebrar sus goles; ésos goles sí que los celebrarían y no los de los dos equipos contrarios. Eran los sueños de un chico de quince años que había visto cómo mucha gente de la aldea se había marchado de allí, porque la única posibilidad que existía en ese lugar era vivir, vivir sin más; prosperar en esa tierra era muy difícil, lo sabían los que se marchaban y también los que se quedaban, unos porque no podían y otros a los que su cabeza y su alma no les dejaban. Era irónico que ellos se reunieran alrededor de una televisión para ver lo que ocurría en Europa con la misma actitud que un europeo ve en la televisión las noticias de la carrera espacial en Marte, algo tan lejano, inalcanzable.
Para Khaled el fútbol era el sueño de la oportunidad que el deporte rey en todo el planeta da a cualquier persona, sea de la raza y condición que sea. Él, además, era muy bueno, ningún chico de la aldea conseguía arrebatarle la pelota sin hacerle caer al suelo y todos le tenían mucho aprecio y esperanzas puestas en él.
A Khaled le gustaban estos momentos en los que con su cabeza, con sus pensamientos y con sus sueños todas las penurias del día desaparecían y se convertían en jugadas increíbles, goles que cualquier jugador profesional firmaría, celebraciones con todos sus amigos como si hubieran ganado
Ya con los ojos abiertos miró a su lado y vio a todos los pacientes con los que compartía habitación, una gran habitación con veinte camas. Todos dormían todavía, pero a él la cama ya no le podía agarrar; se sacudió la manta y las sábanas de un manotazo y con un rápido movimiento se quedó sentado en el borde de la cama y sus muletas quedaron apoyadas frente a él en una silla; se estiró, las cogió y, apoyándose sobre ellas, cargó el peso de su delgado cuerpo sobre ellas y se levantó.
Ya de pie, un nudo en el estómago hizo que le temblaran sus brazos y sintió como si un gran peso aplastara su cuerpo contra el suelo, sensación que se repetía todas las mañanas del último mes. Su mirada perdida por los nervios se dirigió hacia el suelo y se atrevió a comprobar lo que tanto le aterraba ver todas las mañanas y que vería el resto de las mañanas de su vida: con el miedo agarrado en su interior como si se le hubieran fijado los tentáculos de un pulpo, vio su pierna izquierda apoyada en el suelo cargando todo el peso del cuerpo y, en su derecha, el hueco que una maldita mina había dejado entre su rodilla y el suelo. Es lo que vería siempre aunque su cabeza intentara borrarlo, cuando volviera a abrir los ojos el hueco estaría allí. Una mina, una guerra, gente con unos sueños sucios que no eran limpios como los suyos, sueños de un niño. Y pensó: “malditas minas, maldita guerra, yo sólo quería jugar al fútbol y tener mi oportunidad como todos los chicos del mundo”.
Eso era lo que quería él, no ganar una guerra ni dominar un país ni hacer daño a un desconocido que no le ha hecho ningún daño, sino dominar una pelota, marcar un gol, hacer un caño, celebrar un gol, tantas cosas que se podían hacer con una pelota y que le habían quitado. Porque le habían quitado su pierna, su sueño, su oportunidad, pero pensó que el fútbol no lo sacaría de su cabeza ningún soldado, ninguna guerra, ninguna mina, por lo menos si no acababan lo que un mes antes una mina había empezado.
Se apoyó en sus muletas y comenzó a andar al mismo tiempo que pensaba y sonreía: “quizá los que hicieron eso tampoco tenían piernas o no tenían ningún sueño, o lo que era peor, no tenían ningún balón para cumplir un sueño”.
Iñaki Gálvez Ciria - España
jueves, junio 25, 2009
jueves, junio 18, 2009
jueves, junio 11, 2009
lunes, junio 08, 2009
Rubio.
Década infama
Bernardo Martín Ragg se acaba de enterar, por Olé, que fue parte de la historia. De repente, este entrenador de arqueros del Pontevedra, equipo de Segunda B española, volvió a flashear con aquel blondo delantero que, con el dorsal 28 sobre su espalda, perdió la virginidad en la red y que hoy no deja de lucirse en las marquesinas futboleras gracias a su poder de fuego. "Fue una noche de bloopers. ¡Joder, no me hagas acordar! Yo atajaba para Belgrano. Era el último partido antes de las vacaciones. Ganábamos
Una noche, la del 18 de diciembre de 1999, comenzaba el romance oficial del uruguayo y la red. Casi un año antes, el 25 de octubre de 1998, el Flaco Menotti lo había hecho debutar en un juego intrascendente frente a Argentinos Juniors (1-1). Pero aquel bautismo triunfal fue en la capital cordobesa, en barrio Alberdi, contra los Piratas. A falta de 12 minutos, cayó un centro de Claudio Graf desde la derecha y Diego generó una pirueta, una palomita entre los centrales que terminó en el ángulo izquierdo, adentro, donde tiene que terminar... Ragg, justamente, fue su primera víctima. Otro sábado, el 30 de mayo de 2009, en la capital española, en el Calderón, ante Almería, le tocó al brasileño Diego Alves. Era el 3-0, el pase a
Prefirió mantenerse en silencio durante todo el domingo, antes de subirse al avión para volverse a Montevideo. El Maestro Tabárez lo esperaba con los brazos abiertos. Se vienen las Eliminatorias. Se viene Brasil en el mítico Centenario. Y el rubio esperaba que el húngaro Marc Janko también se quedase corto como el camerunés Samuel Eto'o. El gigante delantero del Red Bull Salzburgo, con cinco goles, podía sacarle de las manos, de los pies,
"Estoy contento por salir goleador del fútbol español. Con la calidad de delanteros que hay acá, es increíble haberlo logrado, teniendo en cuenta que hubo cinco partidos en los que, por lesión, no pude estar, y después de haber remontado a un grande como Eto'o. Es la segunda vez que me ocurre aunque creo que ahora tiene más repercusión que cuando me sucedió en Villarreal", dijo el autor de 32 goles en Atlético en 34 partidos (y con 12 gritos en los últimos ocho juegos). Desde Ronaldo que alguien no superaba la barrera de los 30... Pero, en
Tres títulos locales, una Intertoto, dos veces Bota de Oro, dos veces Pichichi, ganador del Trofeo EFE (2005), embajador de UNICEF en Uruguay... Cachavacha es el mismo pibe, más grandecito ya, que con el guiño del Pato Pastoriza recaló en las Inferiores de Independiente, en la vieja pensión frente a la ya derruida Doble Visera. "Ese año y medio fue espectacular. Si pudiese volver el tiempo atrás, haría lo mismo. Recuerdo a la uruguaya que nos cocinaba, los pibes, las caminatas para almorzar en la sede, la única tele. Y el tren pasando cerca, claro", le recordaba Cacha a este diario en su última visita al país. "Todavía me acuerdo cuando le hice los dos goles a Boca. Ellos venían de ganarle
"Es un tipo increíble. Acá nos conocemos todos. Los entrenadores de arqueros hicimos hace poquito un master y, a nivel Primera y Segunda división, se visualizan mucho los partidos. Por suerte, para los nuestros, en Segunda B no hay Forlanes. ¿Qué les podés decir a los porteros? Con definidores así es imposible... En el Manchester ya se le veía. No es el típico jugador que aparenta. Vive para y por el fútbol. Se nota. Se cuida. Es un deportista íntegro. Pícaro, ningún tarado. Goleador todos los años. Juega bien al tenis, juega bien al padel. Y en el fútbol ni te cuento... Diego te mata. Es un killer", cerró Ragg. Con las heridas cerradas. Cayó ante el mejor. Ante el mejor de Europa. Forlán nunca fue un pichi. Pero ahora es un Pichichi...
Fuente: Diario Olé
lunes, junio 01, 2009
Messi.
La belleza misma
Ver a Messi significa observar algo que va más allá del fútbol y coincide con la belleza misma. Algo como un ímpetu, casi un estremecimiento de conciencia, una epifanía que permite al individuo que está allí, viéndolo gambetear y jugar con la pelota, dejar de percibir una separación entre él y el espectáculo que está presenciando, confundirse plenamente con lo que ve, al punto de sentirse uno con ese movimiento desigual pero armónico. En esto, las jugadas de Messi son comparables a las sonatas de Arturo Benedetti Michelangeli, a los rostros de Rafael, a la trompeta de Chet Baker, a las fórmulas matemáticas de la teoría de los juegos de John Nash, a todo lo que deja de ser sonido, materia, color, y se convierte en algo que pertenece a todos los elementos, a la vida misma. Ya sin separación, sin distancia. Están ahí, y no se puede vivir sin ellos. Y nunca se ha vivido sin ellos, sólo que cuando se descubren por primera vez, cuando por primera vez se los observa al punto de quedar hipnotizados, la conmoción es inevitable y uno no puede más que intuirse a sí mismo. Mirarse en lo más profundo.
Escuchar a los cronistas deportivos que comentan sus avances bastaría para definir su épica de virtuoso. Durante un encuentro Barcelona-Real Madrid, el cronista, viéndolo asediado por los intentos de hacer cobrar una falta dejó de describir la escena y comenzó con un satisfecho: "No se cae, no se cae, no se cae". Durante otro enfrentamiento de los archirrivales históricos, la ola estática "Messi, Messi, Messi, Messi" recibe una "a" adicional que le quedará siempre: Messia. Es el otro sobrenombre que
Parece imposible, pero cuando Messi juega tiene en mente las jugadas de Maradona, igual que un ajedrecista en un determinado momento de la partida a menudo se inspira en la estrategia de un maestro que se encontró en una situación análoga. La obra maestra que Diego Armando había realizado el 22 de junio de 1986 en México –el gol votado como el mejor del siglo XX–, Lionel consigue repetirla prácticamente idéntica y casi exactamente veinte años después, el 18 de abril de 2007 en Barcelona. Justamente, Leo sale a unos sesenta metros del arco, también él elimina en una jugada única a dos centrocampistas, después acelera hacia el área de penal, donde uno de los adversarios que había superado trata de derribarlo, pero no lo consigue. Se amontonan alrededor de Messi tres defensores, y en vez de apuntar al arco, él sale hacia la derecha, saca al arquero y a otro jugador... Y es gol. Después de marcar, se genera una escena increíble en la que los jugadores del Barcelona petrificados, con las manos en la cabeza, miran para todos lados como si no creyeran que fuera posible presenciar todavía un gol como ése. Todos pensaban que solamente un hombre era capaz de tanto. Pero no fue así.
Roberto Saviano






