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martes, 1 de junio de 2010

Mundial 1986.

El Mundial del 86

Baby Doc Duvalier huía de Haití, robándose todo, y robándose todo huía Ferdinand Marcos de Filipinas, mientras los archivos norteamericanos revelaban, más vale tarde que nunca, que Marcos, el alabado héroe filipino de la segunda guerra mundial, había sido en realidad un desertor.

El cometa Halley visitaba nuestro cielo después de mucha ausencia, se descubrían nueve lunas en torno al planeta Urano, aparecía el primer agujero en la capa de ozono que nos protege del sol. Se difundía una nueva droga, hija de la ingeniería genética, contra la leucemia. En el Japón se suicidaba una cantante de moda y tras ella elegían la muerte veintitrés de sus devotos. Un terremoto dejaba sin casa a doscientos mil salvadoreños y la catástrofe nuclear soviética de Chernobyl desataba una lluvia de veneno radioactivo, imposible de medir y de parar, sobre quién sabe cuántas leguas y gentes.

Felipe González decía sí a la OTAN, la alianza militar atlántica, después de haber gritado no, y un plebiscito bendecía el viraje mientras España y Portugal entraban al mercado común europeo. El mundo lloraba la muerte de Olof Palme, el primer ministro de Suecia, asesinado en la calle. Tiempos de luto para las artes y las letras: se nos iban el escultor Henry Moore y los escritores Simone de Beauvoir, Jean Genet, Juan Rulfo y Jorge Luis Borges.

Estallaba el escándalo Irangate, que implicaba al presidente Reagan, a la CIA y a los contras de Nicaragua en el tráfico de armas y de drogas, y estallaba la nave espacial Challenger, al despegar de Cabo Cañaveral, con siete tripulantes a bordo. La aviación norteamericana bombardeaba Libia y mataba a una hija del coronel Gaddafi, para castigar un atentado que años después se atribuyó a Irán.

En una cárcel de Lima morían ametrallados cuatrocientos presos. Fuentes bien informadas de Miami anunciaban la inminente caída de Fidel Castro, que iba a desplomarse en cuestión de horas. Se habían desplomado muchos edificios sin cimientos, con toda la gente adentro, cuando un terremoto había sacudido a la ciudad de México, el año anterior, y buena parte de la ciudad estaba todavía en ruinas mientras se inauguraba allí el decimotercer Campeonato Mundial de Fútbol.

En la Copa del 86, participaron catorce países europeos y seis americanos, además de Marruecos, Corea del Sur, Irak y Argelia. En México nació la ola en las tribunas, que a partir de entonces suele mover a las hinchadas del mundo al ritmo de la mar bravía. Hubo partidos de esos que ponen los pelos de punta, como el de Francia contra Brasil, donde los jugadores infalibles, Platini, Zico, Sócrates, fracasaron en los penales; y hubo dos goleadas espectaculares de Dinamarca, que propinó seis tantos a Uruguay y recibió cinco de España.

Pero éste fue el Mundial de Maradona. Contra Inglaterra, Maradona vengó con dos goles de zurda al orgullo patrio malherido en las Malvinas: hizo uno con la mano izquierda, que él llamó mano de Dios, y el otro con la pierna izquierda, después de haber tumbado por los suelos a la defensa inglesa.

Argentina disputó la final contra Alemania. Fue de Maradona el pase decisivo, que dejó solo a Burruchaga para que Argentina se impusiera 3 a 2 y ganara el campeonato cuando ya el reloj señalaba el fin del partido, pero antes había ocurrido otro gol memorable: Valdano arrancó con la pelota desde el arco argentino, cruzó toda la cancha y cuando Schumacher le salió al cruce, la colocó contra el poste derecho. Valdano venía hablando con la pelota, le venía rogando:

—Por favor, entrá.

Francia se clasificó en tercer lugar, seguida por Bélgica. El inglés Lineker encabezó la tabla de goleadores, con seis tantos. Maradona hizo cinco goles, como el brasileño Careca y el español Butragueño.


Eduardo Galeano



martes, 18 de mayo de 2010

Mundial 1978 .


El Mundial del 78

En Alemania moría el popular escarabajo de la Volkswagen,
el Inglaterra nacía el primer bebé de probeta, en
Italia se legalizaba el aborto. Sucumbían las primeras
víctimas del sida, una maldición que todavía no se llamaba
así. Las Brigadas Rojas asesinaban a Aldo Moro,
los Estados Unidos se comprometían a devolver a Panam
á el canal usurpado a principios de siglo. Fuentes bien
informadas de Miami anunciaban la inminente caída de
Fidel Castro, que iba a desplomarse en cuestión de horas.
En Nicaragua tambaleaba la dinastía de Somoza,
en Irán tambaleaba la dinastía del Sha, los militares de
Guatemala ametrallaban una multitud de campesinos
en el pueblo de Panzós. Domitila Barrios y otras cuatro
mujeres de las minas de estaño iniciaban una huelga de
hambre contra la dictadura militar de Bolivia, al rato
toda Bolivia estaba en huelga de hambre, la dictadura
caía. La dictadura militar argentina, en cambio, gozaba
de buena salud, y para probarlo organizaba el undécimo
Campeonato Mundial de Fútbol.
Participaron diez países europeos, cuatro americanos,
Irán y Túnez. EL Papa de Roma envió su bendición. Al
son de una marcha militar, el general Videla condecoró
a Havelange en la ceremonia de la inauguración, en el
estadio Monumental de Buenos Aires. A unos pasos de
allí, estaba en pleno funcionamiento el Auschwitz
argentino, el centro de tormento y exterminio de la Escuela
de Mecánica de la Armada. Y algunos kilómetros más
allá, los aviones arrojaban a los prisioneros vivos al fondo
de la mar.
«Por fin el mundo puede ver la verdadera imagen de la
Argentina», celebró el presidente de la FIFA ante las cá-
maras de la televisión. Henry Kissinger, invitado especial,
anunció:
—Este país tiene un gran futuro a todo nivel.
Y el capitán del equipo alemán, Berti Vogts, que dio la
patada inicial, declaró unos días después:
—Argentina es un país donde reina el orden. Yo no he
visto a ningún preso político.
Los dueños de casa vencieron algunos partidos, pero
perdieron ante Italia y empataron con Brasil. Para llegar
a la final contra Holanda, debían ahogar a Perú bajo
una lluvia de goles. Argentina obtuvo con creces el resultado
que necesitaba, pero la goleada, 6 a 0, llenó de
dudas a lo malpensados, y a los bienpensados también.
Los peruanos fueron apedreados al regresar a Lima.
La final entre Argentina y Holanda se definió por alargue.
Ganaron los argentinos 3 a 1, y en cierta medida la
victoria fue posible gracias al patriotismo del palo que
salvó al arco argentino en el último minuto del tiempo
reglamentario. Ese palo, que detuvo un pelotazo de Rensenbrink,
nunca fue objeto de honores militares, por esas
cosas de la ingratitud humana. De todos modos, más
decisivos que el palo resultaron los goles de Mario Kempes,
un potro imparable que se lució galopando, con la
pelambre al viento, sobre el césped nevado de papelitos.
A la hora de recibir los trofeos, los jugadores holandeses
se negaron a saludar a los jefes de la dictadura argen-tina.
El tercer puesto fue para Brasil. El cuarto, para Italia.
Kempes fue el mejor jugador de la Copa y también el goleador,
con seis tantos. Detrás figuraron el peruano Cubillas
y el holandés Rensenbrink, con cinco goles cada uno.

Eduardo Galeano



martes, 4 de mayo de 2010

Mundial 1970.



El Mundial del 70

En Praga moría Jiri Trnka, maestro del cine de marionetas,
y en Londres moría Bertrand Russell, tras casi
un siglo de vida muy viva. A los veinte años de edad, el
poeta Rugama caía en Managua, peleando solito contra
un batallón de la dictadura de Somoza. El mundo perd
ía su música: se desintegraban los Beatles, por sobredosis
de éxito, y por sobredosis de drogas se nos iban el
guitarrista Jimi Hendrix y la cantante Janis Joplin.
Un ciclón arrasaba Pakistán y un terremoto borraba
quince ciudades de los Andes peruanos. En Washington
ya nadie creía en la guerra de Vietnam pero la guerra
seguía, según el Pentágono los muertos sumaban un
millón, mientras los generales norteamericanos huían
hacia adelante invadiendo Camboya. Allende iniciaba su
campaña hacia la presidencia de Chile, después de tres
derrotas, y prometía dar leche a todos los niños y nacionalizar
el cobre. Fuentes bien informadas de Miami anunciaban
la inminente caída de Fidel Castro que iba a desplomarse
en cuestión de horas. Comenzaba la primera
huelga en la historia del Vaticano, en Roma se cruzaban
de bra-zos los funcionarios del Santo Padre, mientras
en México movían las piernas los jugadores de dieciséis
países y comenzaba el noveno Campeonato Mundial de
Fútbol.
Participaron nueve equipos europeos, cinco americanos,
Israel y Marruecos. En el partido inaugural, el juez
alzó por primera vez una tarjeta amarilla. La tarjeta amarilla,
señal de amonestación, y la tarjeta roja, señal de
expulsión, no fueron las únicas novedades del Mundial
de México. El reglamento autorizó a cambiar dos jugadores
en el curso de cada partido. Hasta entonces, sólo el
arquero podía ser sustituido, en caso de lesión; y no resultaba
muy difícil reducir a patadas al elenco adversario.
Imágenes de la Copa del 70: la estampa de Beckenbauer,
con un brazo atado, batiéndose hasta el último minuto;
fervor de Tostão, recién operado de un ojo y aguantándose
a pie firme todos los partidos; las volanderías de
Pelé en su último Mundial: «Saltamos juntos», contó
Burgnich, el defensa italiano que lo marcaba, «pero cuando
volví a tierra, ví que Pelé se mantenía suspendido en
la altura».
Cuatro campeones del mundo, Brasil, Italia, Alemania
y Uruguay, disputaron las semifinales. Alemania
ocupó el tercer lugar, Uruguay el cuarto. En la final,
Brasil apabulló a Italia 4 a 1. La prensa inglesa coment
ó: «Debería estar prohibido un fútbol tan bello». El último
gol se recuerda de pie: la pelota pasó por todo Brasil,
la tocaron los once, y por fin Pelé la puso en bandeja, sin
mirar, para que rematara Carlos Alberto, que venía en
tromba.
El Torpedo Müller, de Alemania, encabezó la tabla de
goleadores, con diez tantos, seguido por el brasileño
Jairzinho, con siete.
Campeón invicto por tercera vez, Brasil se quedó con
la copa Rimet en propiedad. A fines de 1983, la copa fue
robada y vendida, después de ser reducida a casi dos
quilos de oro puro. Una copia ocupa su lugar en las vitrinas.

Eduardo Galeano



martes, 27 de abril de 2010

Mundial 1962.


El Mundial del 66

Los militares bañaban a Indonesia en sangre, medio
millón de muertos, un millón, quién sabe, y el general
Suharto iniciaba su larga dictadura asesinando a los
pocos rojos, rosados o dudosos que quedaban vivos. Otros
militares volteaban a N’Krumah, presidente de Guinea y
profeta de la unidad africana, mientras sus colegas de
Argentina desalojaban al presidente Illia por golpe de
Estado.
Por primera vez en la historia, una mujer, Indira
Gandhi, gobernaba la India. Los estudiantes echaban
abajo a la dictadura militar del Ecuador. La aviación de
los Estados Unidos bombardeaba Hanoi, en una nueva
ofensiva, pero en la opinión pública norteamericana crec
ía la certeza de que nunca debían haber entrado en
Vietnam, que no debían haberse quedado y que debían
salir cuanto antes.
Truman Capote publicaba A sangre fría. Aparecían
Cien años de soledad, de García Márquez, y Paradiso,
de Lezama Lima. El cura Camilo Torres caía peleando
en las montañas de Colombia, el Che Guevara cabalgaba
su flaco Rocinante por los campos de Bolivia, Mao
desataba la revolución cultural en China. Varias bombas
atómicas caían en la costa española de Almería, y
aunque no estallaban, sembraban el pánico. Fuentes bien
informadas de Miami anunciaban la inminente caída
deFidel Castro, que iba a desplomarse en cuestión de
horas.
En Londres, Harold Wilson mascaba su pipa y celebraba
la victoria en las elecciones, las muchachas andaban
en minifalda, Carnaby Street dictaba la moda y todo
el mundo tarareaba las canciones de los Beatles, mientras
se inauguraba el octavo Campeonato Mundial de
Fútbol.
Éste fue el último Mundial de Garrincha, y también fue
la despedida del arquero mexicano Antonio Carbajal, el
único jugador que había estado cinco veces en el torneo.
Participaron dieciséis equipos: diez europeos, cinco
americanos y, cosa rara, Corea del Norte. Asombrosamente,
la selección coreana eliminó a Italia con gol de
Pak, un dentista de la ciudad de Pyongyang que practicaba
el fútbol en sus ratos libres. En la selección italiana
jugaban nada menos que Gianni Rivera y Sandro
Mazzola. Pier Paolo Pasolini decía que ellos jugaban al
fútbol en buena prosa interrumpida por versos
fulgurantes, pero el dentista los dejó mudos.
Por primera vez se transmitió todo el campeonato en
directo, vía satélite, y el mundo entero pudo ver, todavía
en blanco y negro, el show de los jueces. En el mundial
anterior, los jueces europeos habían arbitrado 26 partidos;
en éste, dirigieron 24 de los 32 partidos disputados.
Un juez alemán obsequió a Inglaterra el partido
contra Argentina, mientras un juez inglés regalaba a
Alemania el partido contra Uruguay. Brasil no tuvo mejor
suerte: Pelé fue impunemente cazado a patadas por
Bulgaria y Portugal, que lo desalojaron del campeonato.
La reina Isabel asistió a la final. No gritó ningún gol,
pero aplaudió discretamente. El Mundial se definió entre
la Inglaterra de Bobby Charlton, hombre de temible
empuje y puntería, y la Alemania de Beckenbauer, que
recién empezaba su carrera y ya jugaba de galera, guantes
y bastón. Alguien había robado la copa Rimet, pero
un perro llamado Pickles la encontró tirada en un jardín
de Londres. Así, el trofeo pudo llegar a tiempo a manos
del vencedor. Inglaterra se impuso 4 a 2. Portugal entró
tercero. En cuarto lugar, la Unión Soviética. La reina
Isabel otorgó título de nobleza a Alf Ramsey, el director
técnico de la selección triunfante, y el perro Pickles se
convirtió en héroe nacional.
El Mundial del 66 fue usurpado por las tácticas defensivas.
Todos los equipos practicaban el cerrojo y dejaban
un jugador escoba barriendo la línea final detrás de los zagueros.
Sin embargo, Eusebio, el artillero africano de Portugal,
pudo atravesar nueve veces esas impenetrables
murallas en las retaguardias rivales. Tras él, en la lista
de goleadores, figuró el alemán Haller, con seis tantos.

Eduardo Galeano





martes, 13 de abril de 2010

Mundial 1962.



El Mundial del 62

Unos astrólogos hindúes y malayos habían anunciado
el fin del mundo pero el mundo seguía girando, y
entre vuelta y vuelta nacía una organización que se bautizaba
con el nombre de Amnistía Internacional y Argelia
daba sus primeros pasos de vida independiente, al
cabo de más de siete años de guerra contra Francia. En
Israel ahorcaban al criminal nazi Adolf Eichmann, los
mineros de Asturias se alzaban en huelga, el para Juan
quería cambiar la Iglesia y devolverla a los pobres. Se
fabricaban los primeros disquetes para computadoras,
se realizaban las primeras operaciones con rayo láser,
Marilyn Monroe perdía las ganas de vivir.
¿En cuánto se cotizaba el voto internacional de un
país? Haití vendía su voto a cambio de quince millones
de dólares, una carretera, una represa y un hospital y
así otorgaba a la OEA la mayoría necesaria para expulsar
a Cuba, la oveja negra del panamericanismo.
Fuentes bien informadas de Miami anunciaban la inminente
caída de Fidel Castro, que iba a desplomarse en cuesti
ón de horas. Setenta y cinco demandas de prohibición
se presentaban ante los tribunales norteamericanos contra
la novela Trópico de Cáncer, de Henry Miller, que por
primera vez se había publicado sin censura. Linus
Pauling, que estaba por recibir su segundo premio Nobel,
caminaba ante la Casa Blanca portando un cartel de
protesta contra las explosiones nucleares, mientras
Benny Kid Paret, cubano, negro, analfabeto, caía muerto,
aniquilado por los golpes, en el ring del Madison
Square Garden.
En Memphis, Elvis Presley anunciaba su retiro, despu
és de vender trescientos millones de discos, pero se
arrepentía al ratito, y en Londres una empresa de discos,
la Decca, se negaba a grabar canciones de unos
músicos peludos que se llamaban los Beatles. Carpentier
publicaba El siglo de las luces, Gelman publicaba Gotán,
los militares argentinos volteaban al presidente Frondizi,
moría el pintor brasileño Cándido Portinari. Aparecían
las Primeras estórias, de Guimaraes Rosa, y los poemas
que Vinícius de Moraes escribió para vivir um grande
amor. João Gilberto susurraba el samba de uma nota
só, en el Carnegie Hall, mientras los jugadores de Brasil
aterrizaban en Chile, dispuestos a conquistar el séptimo
Campeonato Mundial de Fútbol ante cinco países americanos
y diez europeos.
En el Mundial del 62, Di Stéfano no tuvo buena suerte.
Iba a jugar en la selección de España, su país de
adopción. A los 36 años de edad, era su última oportunidad.
En vísperas del estreno, se lastimó la rodilla derecha,
y no hubo caso. Di Stéfano, la Saeta Rubia, uno
de los mejores jugadores de la historia del fútbol, nunca
pudo jugar un Mundial. Pelé, otra estrella de todos los
tiempos, no llegó muy lejos en el Mundial de Chile: sufri
ó de entrada un desgarramiento muscular y quedó
fuera. Y otro monstruo sagrado del fútbol, el ruso Yashin,
anduvo también con mala pata: el mejor arquero del
mundo se comió cuatro goles ante Colombia, porque
parece que se le fue la mano con los traguitos que lo
entonaban en el vestuario.
Brasil ganó el torneo. Sin Pelé, y bajo la batuta de
Didí. Amarildo se lució en el difícil lugar de Pelé, atrás
Djalma Santos fue una muralla y adelante Garrincha
deliraba y hacía delirar. «¿De qué planeta procede
Garrincha?», se preguntaba el diario El Mercurio, mientras
Brasil liquidaba a los dueños de casa. Los chilenos
se habían impuesto a Italia, en un partido que fue una
batalla campal, y también habían vencido a Suiza y a la
Unión Soviética. Se habían servido spaguettis, chocolate
y vodka, pero se les atragantó el café: los brasileños
ganaron 4 a 2.
En la final, Brasil derrotó a Checoslovaquia 3 a 1 y
fue, como en el 58, campeón invicto. Por primera vez, la
final de un campeonato mundial se pudo ver en directo
por la televisión en transmisión internacional, aunque
fue en blanco y negro y llegó a pocos países.
Chile conquistó el tercer lugar, la mejor clasificación
de su historia, y Yugoslavia ganó el cuarto puesto gracias
a un pájaro llamado Dragoslav Sekularac, que ninguna
defensa pudo atrapar.
El campeonato no tuvo un goleador, pero varios jugadores
convirtieron cuatro tantos: los brasileños Garrincha
y Vavá, el chileno Sánchez, el yugoslavo Jerkovic, el
húngaro Albert y el soviético Ivanov.


Eduardo Galeano


miércoles, 7 de abril de 2010

Mundial 1958.


El Mundial del 58

Los Estados Unidos lanzaban un satélite a los altos
cielos: la nueva lunita giraba en torno a la tierra, se cruzaba
con los sputniks soviéticos y no los saludaba. Y
mientras las grandes potencias competían en el más allá,
en el más acá comenzaba la guerra civil de el Líbano,
Argelia ardía, se incendiaba Francia y el general De Gaulle
alzaba sus dos metros de altura sobre las llamas y promet
ía la salvación. En Cuba fracasaba la huelga general
de Fidel Castro contra la dictadura de Fulgencio Batista,
pero en Venezuela otra huelga general volteaba la
dictadura de Pérez Jiménez. En Colombia, conservadores
y liberales bendecían con elecciones su reparto del
poder, al cabo de una década de guerra de exterminio
mutuo, mientras Richard Nixon era recibido a pedradas
en su gira latinoamericana. José María Arguedas publicaba
Los ríos profundos. Aparecían La región más transparente,
de Carlos Fuentes, y los Poemas de amor de
Idea Vilariño.
En Hungría, caían fusilados Imre Nagy y otros rebeldes
del 56, que habían querido democracia en lugar de
burocracia, y en Haití morían los rebeldes que se habían
alzado al asalto del palacio donde Papa Doc Duvalier reinaba
rodeado de brujos y verdugos. Juan XXIII, Juan el
Bueno, era el nuevo Papa de Roma, el príncipe Carlos
era el futuro monarca de Inglaterra, Barbie era la nueva
reina de las muñecas, João Havelange conquistaba la
corona brasileña en el negocio del fútbol, mientras en el
arte del fútbol un muchacho de diecisiete años, llamado
Pelé, se consagraba rey del mundo.
La consagración de Pelé tuvo lugar en Suecia, durante
el sexto Campeonato Mundial. Participaron del torneo
doce equipos europeos, cuatro americanos y ninguno
de otras latitudes.
Los suecos pudieron ver los partidos en las canchas y
también en sus casas. Ésta fue la primera vez que la
Copa se transmitió por televisión, aunque sólo llegó en
vivo y en directo al ámbito nacional y el resto del mundo
la recibió después.
Ésta fue, también, primera vez que un país ganó la
Copa jugando fuera de su continente. En el Mundial del
58, la selección brasileña empezó más o menos, pero fue
arrolladora a partir del momento en que los jugadores
se sublevaron y pudieron imponer al director técnico el
equipo que ellos querían. Entonces, cinco suplentes se
hicieron titulares. Entre ellos, Pelé, un adolescente desconocido,
y Garrincha, que ya traía mucha fama desde
Brasil y mucho se había lucido en los juegos previos,
pero había sido excluido del Mundial porque los estudios
psicotéc-nicos le habían diagnosticado debilidad
mental. Ellos, suplentes negros de jugadores blancos,
brillaron con luz propia en el nuevo equipo de estrellas,
junto a otro negro de juego deslumbrante, Didí, que desde
atrás les organizaba las magias.
Juego y fuego: el periódico World Sports, de Londres,
dijo que había que restregarse los ojos para creer que
aquello era cosa de este planeta. En las semifinales, contra
la Francia de Kopa y Fontaine, los brasileños ganaron 5 a 2, y otra vez 5 a 2 en la final contra el dueño de
casa. El capitán de Suecia, Liedholm, uno de los jugadores
más limpios y elegantes de la historia del fútbol, convirti
ó el primer gol del partido, pero después Vavá, Pelé
y Zagalo pusieron las cosas en su lugar, ante la atónita
mirada del rey Gustavo Adolfo. Brasil fue campeón invicto.
Cuando terminó el partido, los jugadores regalaron la pelota
a su hincha más devoto, el negro Américo, masajista.
Francia ocupó el tercer lugar y Alemania Federal, el cuarto.
El francés Fontaine encabezó la tabla de goleadores,
con una lluvia de trece tantos, ocho de pierna derecha,
cuatro de izquierda y uno de cabeza, seguido por Pelé y el
alemán Helmut Rahn, que metieron seis.

Eduardo Galeano


martes, 6 de abril de 2010

Mundial 1954.




El Mundial del 54


Gelsomina y Zampanó brotaban de la mano mágica de Fellini y se echaban a payasear por La strada, sin apuro, mientras a toda velocidad Fangio se consagraba campeón mundial de automovilismo por segunda vez. Jonas Salk preparaba la vacuna contra la poliomelitis. En el Pacífico estallaba la primera bomba de hidrógeno. En Vietnam, el general Giap noqueaba al ejército franc és en la fulminante batalla de Dien Bien Phu. En Argelia, otra colonia francesa, nacía la guerra de la independencia. El general Stroessner era elegido presidente del Paraguay, en reñida competencia contra ningún candidato. En Brasil, se estrechaba el cerco de los militares y empresario, armas y dineros, contra el presidente Getulio Vargas, que poco después se rompería el corazón de un balazo. Aviones norteamericanos bombardeaban Guatemala, con la bendición de la OEA, y un ejército fabricado en el norte invadía, mataba y vencía. Mientras en Suiza se cantaban los himnos de dieciséis países, inaugurando el quinto Campeonato Mundial de Fútbol, en Guatemala los vencedores cantaban el himno de los Estados Unidos celebrando la caída del presidente Arbenz, cuya ideología marxistaleninista estaba fuera de toda duda porque se había metido con las tierras de la United Fruit. En el Mundial del 54, participaron once equipos europeos, tres americanos, Turquía y Corea del Sur. Brasil estrenó la camiseta amarilla con cuello verde, en vista de que la anterior camiseta, blanca, le había dado mala suerte en Maracaná. Pero el color canarito no tuvo efecto inmediato: Brasil fue derrotado por Hungría en un partido violento, y no pudo llegar ni a las semifinales. La delegación brasileña denunció ante la FIFA al árbitro inglés, que había actuado «al servicio del comunismo internacional, contra la Civilización Occidental y Cristiana ». Hungría era la gran favorita de esta Copa. El demoledor equipo de Puskas, Kocsis y Hidegkuti llevaba cuatro años invicto, y poco antes del Mundial había goleado a Inglaterra 7 a 1. Pero éste fue un campeonato extenuante. Tras el duro enfrentamiento con los brasileños, los húngaros exprimieron sus energías contra los uruguayos. Hungría y Uruguay jugaron a muerte, sin darse tregua, y se agotaron mutuamente hasta que dos goles de Kocsis definieron el partido en el alargue. La final fue contra Alemania. Hungría ya la había derrotado por paliza, 8 a 3, al comienzo del Mundial, y en aquel partido había quedado fuera de combate el capit án Puskas. En la final, Puskas reapareció, jugando a duras penas en una sola pierna, al frente de un equipo brillante pero gastado. Hungría, que iba ganando 2 a 0, acabó perdiendo 3 a 2, y Alemania conquistó su primer título mundial. Austria obtuvo el tercer lugar. Uruguay, el cuarto. El húngaro Kocsis fue el goleador de la Copa, con once tantos, seguido por el alemán Morlock, con ocho, y el austríaco Probst, con seis. De los once goles de Kocsis, el más golazo fue hecho contra Brasil. Kocsis se lanzó como un avión, voló un buen rato en el aire y cabeceó al ángulo.

Eduardo Galeano







martes, 30 de marzo de 2010

Mundial 1950.




El Mundial del 50


Nacía la televisión en colores, las computadoras hacían mil sumas por segundo, Marilyn Monroe asomaba en Hollywood. Una película de Buñuel, Los olvidados, se imponía en Cannes. El automóvil de Fangio triunfaba en Francia. Bertrand Russell ganaba el Nobel. Neruda publicaba su Canto general y aparecían las primeras ediciones de La vida breve, de Onetti, y de El laberinto de la soledad, de Octavio Paz.

Albizu Campos, que mucho había peleado por la independencia de Puerto Rico, era condenado en Estados Unidos a setenta y nueve años de prisión. Un delator entregaba a Salvatore Giuliano, el legendario bandido del sur de Italia, que caía acribillado por la policía. En China, el gobierno de Mao daba sus primeros pasos prohibiendo la poligamia y la venta de niños. Las tropas norteamericanas entraban a sangre y fuego en la península de Corea, envueltas en la bandera de las Naciones Unidas, mientras los jugadores de fútbol aterrizaban en Río de Janeiro para disputar la cuarta Copa Rimet, después del largo paréntesis de los años de la guerra mundial.

Siete países americanos y seis naciones europeas, recién resurgidas de los escombros, participaron en el torneo brasileño del 50. La FIFA prohibió que jugara Alemania.

Por primera vez, Inglaterra se hizo presente en el campeonato mundial. Hasta entonces, los ingleses no habían creído que tales escaramuzas fueran dignas de sus desvelos. El combinado inglés cayó derrotado ante los Estados Unidos, créase o no, y el gol de la victoria norteamericana no fue obra del general George Washington sino de un centrodelantero haitiano y negro llamado Larry Gaetjens.

Brasil y Uruguay disputaron la final en Maracaná. El dueño de casa estrenaba el estadio más grande del mundo.

Brasil era una fija, la final era una fiesta. Los jugadores brasileños, que venían aplastando a todos sus rivales de goleada en goleada, recibieron en la víspera, relojes de oro que al dorso decían: Para los campeones del mundo. Las primeras páginas de los diarios se habían impreso por anticipado, ya estaba armado el inmenso carruaje de carnaval que iba a encabezar los festejos, ya se había vendido medio millón de camisetas con grandes letreros que celebraban la victoria inevitable.

Cuando el brasileño Friaça convirtió el primer gol, un trueno de doscientos mil gritos y muchos cohetes sacudió al monumental estadio. Pero después Schiaffino clavó el gol del empate y un tiro cruzado de Ghiggia otorgó el campeonato a Uruguay, que acabó ganando2a1. Cuando llegó el gol de Ghiggia, estalló el silencio en Maracaná, el más estrepitoso silencio de la historia del fútbol, y Ary Barroso, el músico autor de Aquarela do Brasil, que estaba transmitiendo el partido a todo el país, decidió abandonar para siempre el oficio de relator de fútbol.

Después del pitazo final, los comentaristas brasileños definieron la derrota como la peor tragedia de la historia de Brasil. Jules Rimet deambulaba por el campo, perdido, abrazado a la copa que llevaba su nombre:

—Me encontré solo, con la copa en mis brazos y sin

saber qué hacer. Terminé por descubrir al capitán uruguayo,

Obdulio Varela, y se la entregué casi a escondidas.

Le estreché la mano sin decir ni una palabra.

En el bolsillo, Rimet tenía el discurso que había escrito en homenaje al campeón brasileño.

Uruguay se había impuesto limpiamente: la selección

uruguaya cometió once faltas y la brasileña, 21.

El tercer puesto fue para Suecia. El cuarto, para España. El brasileño Ademir encabezó la tabla de goleadores, con nueve tantos, seguido por el uruguayo Schiaffino, con seis, y el español Zarra, con cinco.


Eduardo Galeano











lunes, 22 de marzo de 2010

Mundial 1934.





El Mundial del 34


Johnny Weissmüller lanzaba su primer aullido de Tarzán, el primer desodorante industrial aparecía en el mercado, la policía de Louisiana acribillaba a balazos a Bonnie and Clyde. Bolivia y Paraguay, los dos países más pobres de América del Sur, se desangraban disputando

el petróleo del Chaco en nombre de la Standard Oil y la Shell. Sandino, que había vencido a los marines en Nicaragua, caía acribillado en una emboscada y Somoza, el asesino, iniciaba su dinastía. Mao desataba la larga marcha de la revolución en los campos de China.

En Alemania, Hitler se consagraba Führer del Tercer Reich y promulgaba la ley en defensa de la raza aria, que obligaba a esterilizar a los enfermos hereditarios y a los criminales, mientras que Mussolini inauguraba, en Italia, el segundo Campeonato Mundial de Fútbol. Los carteles del campeonato mostraban un hércules que

hacía el saludo fascista con una pelota a sus pies.

El Mundial del 34 en Roma fue, para il Duce, una gran operación de propaganda. Mussolini asistió a todos los partidos desde el palco de honor, el mentón alzado hacia las tribunas repletas de camisas negras, y los once jugadores del equipo italiano le dedicaron sus victorias con la palma extendida.

Pero el camino hacia el título no resultó fácil. El partido entre Italia y España fue el más triturador de la historia de los mundiales: la batalla duró 210 minutos y terminó al día siguiente, cuando varios jugadores habían quedado fuera de combate por las heridas de guerra o porque ya no daban más. Ganó Italia, sin cuatro de sus jugadores titulares. España terminó con siete titulares menos. Entre los españoles lastimados, estaban los dos mejores: el atacante Lángara y el arquero Zamora, el que hipnotizaba en el área.

En el estadio del partido Nacional Fascista, Italia disputó contra Checoslovaquia la final del campeonato.

Ganó en el alargue, 2 a 1. Dos jugadores argentinos, recién nacionalizados italianos, aportaron lo suyo: Orsi metió el primer gol, gambeteando al arquero, y otro argentino, Guaita, sirvió el pase del gol de Schiavio que brindó a Italia su primera Copa mundial.

En el 34, participaron dieciséis países: doce europeos, tres americanos y Egipto, solitario representante del resto del mundo. El campeón, Uruguay, se negó a viajar, porque Italia no había venido al primer Mundial en Montevideo.

Detrás de Italia y Checoslovaquia, Alemania y Austria ganaron el tercer y cuarto puesto. El jugador checoslovaco Nejedly fue el goleador, con cinco tantos, seguido por Conen, de Alemania, y Schiavio, de Italia, con cuatro.


Eduardo Galeano












domingo, 14 de marzo de 2010

Mundial 1930.




El Mundial del 30

Un terremoto sacudía el sur de Italia enterrando a mil quinientos napolitanos, Marlene Dietrich interpretaba El ángel azul, Stalin culminaba su usurpación de la revolución rusa, se suicidaba el poeta Vladimir Maiakovski. Los ingleses arrojaban a la cárcel a Mahatma Gandhi, que exigía la independencia y queriendo patria había paralizado a la India, mientras bajo las mismas banderas AUGUSTO CESAR SANDINO alzaba a los campesinos de Nicaragua en las otras Indias, las nuestras, y los marines norteamericanos intentaban vencerlo por hambre incendiando las siembras.

En los Estados Unidos había quien bailaba el reciente boogie-woogie, pero la euforia de los locos años 20 había sido noqueada por los feroces golpes de la crisis del 29.

La bolsa de Nueva York había caído a pique y en derrumbe había volteado los precios internacionales y estaba arrastrando al abismo a varios gobiernos latinoamericanos.

En el despeñadero de la crisis mundial, la ruina del precio del estaño tumbaba al presidente Hernando Siles, en Bolivia, y colocaba en su lugar a un general, mientras el desplome de los precios de la carne y el trigo derribaban al presidente Hipólito Yrigoyen, en la Argentina, y en su lugar instalaba a otro general. En la República Dominicana, la caída del precio de la azúcar habría el largo ciclo de la dictadura del también general Rafael Leónidas Trujillo, que inauguraba su poder bautizando con su nombre a la capital y al puerto.

En el Uruguay, el Golpe de Estado iba a estallar tres años después. En 1930, el país sólo tenía ojos y oídos para el primer Campeonato Mundial de Fútbol. Las victorias uruguayas en las dos últimas olimpíadas, disputadas en Europa, habían convertido al Uruguay en el inevitable anfitrión del primer torneo.

Doce naciones llegaron al puerto de Montevideo. Toda Europa estaba invitada, pero sólo cuatro seleccionados europeos atravesaron el océano hacia estas playas del sur:

- Eso está muy lejos de todo - decían en Europa - y el pasaje sale caro.

Un barco trajo desde Francia el trofeo Jules Rimet, acompañado por el propio don Jules, presidente de la FIFA, y por la selección francesa de fútbol, que vino a regañadientes

Uruguay estrenó con bombos y platillos un monumental escenario construido en ocho meses. El estadio se llamó Centenario, para celebrar el cumpleaños de la Constitución que un siglo antes había negado los derechos civiles a las mujeres, a los analfabetos y a los pobres. En las tribunas no cabía un alfiler cuando Uruguay y Argentina disputaron la final del campeonato. El estadio era un mar de sombreros de paja. También los fotógrafos usaban sombreros, y cámaras con trípode. Los arqueros llevaban gorras y el juez lucía un bombachudo negro que le cubría las rodillas.

La final del Mundial del 30 no mereció más que una columna de veinte líneas en el diario italiano La Gazzetta dello Sport. Al fin y al cabo, se estaba repitiendo la historia de las Olimpíadas de Amsterdam, en 1928; los dos países del río de la Plata ofendían a Europa mostrando dónde estaba el mejor fútbol del mundo. Como en el 28, Argentina quedó en segundo lugar. Uruguay, que iba perdiendo 2 a 1 en el primer tiempo, acabó ganando 4 a 2 y de consagró campeón. Para arbitra la final, el belga John Langenus había exigido un seguro de vida, pero no ocurrió nada más grave que algunas trifulcas en las gradas. Después, un gentío apedre ó el consulado uruguayo en Buenos Aires.

El tercer lugar del campeonato correspondió a los Estados unidos, que contaban en sus filas con unos cuantos jugadores escoceses recién nacionalizados, y el cuarto puesto fue para Yugoslavia.

Ni un solo partido terminó empatado. El argentino Stábile encabezó la lista de goleadores, con ocho tantos, seguido por el uruguayo Cea, con cinco. El francés Louis Laurent hizo el primer gol de las historia de los mundiales, jugando contra México.

Eduardo Galeano